Voces Fotográficas

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Tal vez algún día sepas que una voz querida ya se habrá ido. Las sospechas iniciarán cuando ya no escuches tu nombre en la contracción del viento y los árboles, o se vaya escurriendo la savia del tronco ajado. Todo lo que antes te configuraba y trasponía, todo lo que te arrancaba sonrisas o lágrimas, el silencio habrá de reemplazarlo.

Y no podrás estar triste. No porque la condena te imponga llorar por el que se ha olvidado o sonreír por el que todavía se recuerda. Simplemente no estarás triste, porque tu mundo supo seguir viviendo. Aquella voz ya no era la pieza de engranaje esencial a tu existencia.

¿Cuánto perdiste? Nada. El problema se va y se queda con la voz que expiró recordándote. Pero saberlo o no saberlo, ya no importa. Seguirás con el arresto de los sospechosos habituales, los que por última vez lo escucharon pronunciar tu nombre, y luego te preguntarás, entre sorpresas y desencantos, el cómo pudo proseguir, después de tanto tiempo, buscando tus huellas a través de la calidez del aliento.

La pregunta no será respondida, por más que busques prosecuciones y establezcas conjeturas. A partir de allí, querrás ir más allá de la voz e intentar resolver el misterio. Habrá elementos suficientes para elaborar desde las ondulaciones sonoras, la configuración de un rostro.

Empezarán a establecer su vaivén y converger inexactos, los informes preliminares procesados por esa maquinita infernal que después de mucho no te deja dormir. Dirás que lo escuchaste en alguna parte, cuando en un arrebato de nostalgia, algún susurro te leyó la frase de Espronceda “Que haya un cadáver más, qué le importa al mundo”, como escribiendo un epitafio robado.

Después vendrá la seguidilla de celuloides bogartianos, el descaro y el cinismo, el sacrificio desde un aeropuerto en blanco y negro o el lamento en el andén desde una gabardina mojada y luego seca (errores evidentes y de secuencia), la imagen de Ingrid pidiéndole a Sam, As Time Goes By “una vez más”, y no “otra vez”; cuando en otro momento te hablaba del perfil interminable de los ecos de Byron, o sobre la admiración de unos fabulosos cuatro originarios de Liverpool que revolucionaron otra atmósfera sónica, la intimidad de Noah y Allie bajo la lluvia antes de entrar a la casa construida por él y arrimarla a sus pensamientos, a su cuerpo, a sus besos, a su médula, a su encanto.

La voz irá cobrando forma. Temerás seguir recordando, pero ese es el poder del remordimiento. Silencio voluntario o involuntario, previsor y avizor de estados pasados y futuros. Sin embargo, como todo buen recuerdo, ya desenterrado, aspirará la bocanada del alivio y nuevamente será sepultado. Es como el aviso de algo que faltaba decir y que ya, al fin, pudo haber sido dicho.

Luego tu mundo se verá ininterrumpido tras recordar a ese pedazo de engranaje oxidado que alguna vez intentó sostener y escribirte páginas e historias. Sabrás que ese Puzzle sigue rondando, y que cada pieza volverá a reunirse, cuando la voz regrese en otro tiempo, y te lleve consigo, porque sencillamente, para ustedes aún no era el tiempo. En realidad, tal vez no era nuestro tiempo.

29.06.2014

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