El ser humano. La existencia. La involución como caos y triste realidad. Pareceres sobre la obra de Jorge Domínguez.

El Caos de la Involución

 

Conocimos al autor hace 15 años, durante los primeros días de clases del año 2001, en el Colegio Nuestra Señora del Carmen. Una primera prueba de su amor a la lectura, fue corroborada cuando lo observamos leer un ejemplar de la novela “El Padrino”, de Mario Puzo. Posteriormente, fuimos perdiendo contacto a medida en que nuestras respectivas inquietudes estudiantiles tomaban otros rumbos. 15 años después, surge la posibilidad de encontrarnos nuevamente, esta vez, con la publicación de un libro. Un poemario, nos había dicho, cuando mantuvimos una conversación vía digital. Tristeza, acaso, sabiendo que entre tantas posibilidades comunicacionales, nos haya tocado ponernos al día a través de herramientas tecnológicas. Claro, que cada uno tal vez posea un trabajo en donde en definitiva, haga que muchas veces el tiempo deje de ser tiempo para reunirse frente a frente e intercambiar pareceres y opiniones, como en las viejas charlas de café. Desde hace un tiempo, que no es este tiempo terrestre, fuimos siguiendo los trabajos de los Poetas del Ocaso, a través de las publicaciones de la revista Aposíntesis.

Hasta el término “morondanga”, muchas veces fue escuchado en un conocido programa radial vespertino de amplitud modulada, como un mensaje subliminal hacia ciertas realidades cotidianas. Sin embargo, hoy nos atañe brindar ciertas impresiones acerca de este libro “El Caos de la Involución”, que, afirmamos, no pretenden realizar un juicio de valor sobre la obra. ¿Por qué? Sencillamente porque en la poesía, los sentimientos y los pensamientos expuestos por el autor nacen de elucubraciones propias de un estado de inspiración, esta vez, combinando aspectos reales, crudos, con el lenguaje poético. Cuando fuimos leyendo las páginas de este libro, pudimos notar que la piel se nos erizaba y el corazón se nos oprimía y hasta comprimía, al dimensionar el lenguaje utilizado. La pulcritud, la prolijidad, la crudeza del lenguaje, sin esnobismos ni excentricidades, conjugando ese verbo divino que es la honestidad intelectual.

Cada uno de ustedes, podrá sacar sus conclusiones y opinar como a ustedes les parezca racionalmente posible. Sin embargo, en medio de la lectura, pudimos escribir algunos tópicos que tal vez pudieran ser tenidos en cuenta.

Parado en cruz. El cielo. Piernas cansadas.

Y un suspiro. Hondo. Sintiendo goterones, como un

baño. Como renovado. Palpando, el fuego.

En la conmoción del sonido y la fricción. Sin un cielo.

En el ápice. Fulgurando matices. Cabeza agonizante.

Venenosa. El abrazo del viento. Arropado, muy bien.

Dejando de sentir. Cayendo. Viviendo por última vez,

y el dolor finito…

Manifiesto existencial, tan propio y tan real. Sentirse un extranjero como Camus o un lobo estepario, como el Harry Haller de Hermann Hesse. Recordemos que el autor es cada uno de nosotros, ya que intenta recoger la vivencia y esencia de cada ser humano, a través de esa poderosa arma que es la observación tácita de las diversas circunstancias.

Un grito de improperio aturde la plaza pública,

deterioro de voces, voces viejas y atemporales.

Ruidos sin fundamentos. Lamentos, idos.

Necesidad de palabras neutrales y naturales.

Palabras nuevas.

En estos versos recordamos a Cortázar, quien en su novela Rayuela, a través Horacio Oliveira y el propio Morelli, planteaba esa necesidad de descentrarse para hallar el centro. Dejar entrever ese miedo a dar el salto. Cruzar el puente, aunque se busque y se siga buscando. La búsqueda de una nueva literatura que se rasgue las vestiduras iconoclastas y sucumba ante la revolución de lo verdaderamente importante, aunque la realidad hable de naderías.

Es difícil verter pareceres y opiniones en versos que retratan un pedazo de cada ser humano. Es así. El autor es una parte de todos nosotros, los que estamos aquí presentes, o tal vez ausentes sería lo correcto, porque hoy ya no importa, según su canto al ocaso. En esas realidades crueles nos va arrastrando Jorge Domínguez, quien con un lenguaje sólido, preciso, nos retrata situaciones que nos asfixian, nos carcomen, dejándonos caer como un eterno retorno. A veces, en una referencia particular, recordamos a la poetisa Gladys Carmagnola, quien nos decía, con una realidad, tal vez esperanzada tácitamente, que no eran tiempos para la poesía.

Eran aquellos tiempos en donde íbamos preparando un poemario con el colega Adrián Cáceres, en ese afán por romper nuevos esquemas y tratar de retornar a la esencia de las cosas. ¡Cuánta verdad se asoma ante los planteamientos expuestos sobre el panorama literario actual y el estado del mundo de hoy!

Un universo que nos entristece por su olvido del tiempo en quién sabe qué bolsillo del pantalón utilizado para el sexo de una noche o por el billete de dos mil guaraníes que pasó por miles de manos sucias. La política, o la politiquería como el antro de corrupción que se hace más inescrupuloso, como una gran montaña de heces de un pueblo hambriento. “Ensuciar el dedo por el alarido del voto”, como verdad irresoluta y asquerosa.

Quisiera vivir en ese mundo donde me dicen que nada es

real. Donde los sentimientos son ardides de una identidad.

Cuando me despierta la incertidumbre de mis sueños.

Cuando tengo sueños y la fantasía de mis pensamientos es

solo mía, pero nada real.

Un tiempo en donde los poetas sean los que alguna vez terminen por ser comprendidos. Porque actualmente, las masas piensan que el bicho raro es aquel que escribe y desnuda sus propios sentimientos y el comportamiento de los demás. Una oportunidad para pensar que cada uno tiene la posibilidad de concretar sus sueños, aunque hoy no importe, según remarca el autor. ¿Por qué ya no importa? Porque los hombres dejamos de pensar en las cosas que realmente poseen valor. Descuidamos cada elemento de nuestro ser y permitimos que vayan a la basura. El poeta nos llama a la conciencia y un nuevo mundo con otras aristas, por nuestro propio bien.

Involución silogista. Mear en las calles. Orinar en la cara

de la sociedad. Irrespetar al peatón, atropellar la vida

humana. Tirar cáscaras de banana en las calles sin pudor,

arrojar la basura mental, junto al servicio municipal.

Una educación putrefacta, haciendo caldos de ignorancia.

Este es el grito desesperado del cambio.

El fin de la hipocresía. Ya no ocultarse para mirar el culo a una mujer por quien sentimos una atracción física, por más que esta no sea correspondida, circunferencialmente hablando. Y el sistema moral te dice que eso está mal, si estás en pareja. Adiós a tu libertad, entonces. Asumir la verdadera realidad que no nos representa, que es hartazgo de un sistema que impuso su mediocridad y afectó a generaciones. Algunos intentaron salvarse, pero a veces terminamos cayendo. Una serie de sentimientos, atravesaron por la mente cuando comenzamos a hojear las primeras páginas y leer versos no precisamente en el orden establecido en el libro. Se apela a ese juego, y entender que el camino irá en paralelo hasta un punto de inicio y desencuentro. Así nos quedamos, al leer este caos de la involución. Aunque no tratemos de involucionar. Precisamente lo que se busca es hacer una introspección.

Una instrospección en cada ser humano, en cada persona que se encuentra en este auditorio. Analizar su realidad, un mundo y un país en donde todos vivimos o al menos luchamos por seguir viviendo, o hasta a veces ya no queremos seguir viviendo. Un país, que desde ese hundimiento, desde ese rincón amoral e innoble, una generación de poetas convive y sueña con ese mundo en donde se les diga que nada es real, que las posibilidades de aciertos y errores pueden hacer la diferencia.

No sabemos si entendimos el mensaje, pero sabemos que la premisa del viejo Morelli, era ir hacia ese algo que nunca termina por decirse pero que se convierte en un balbuceo, y que alguna vez cobra perennidad. No existen otras impresiones más que las ya leídas y compartidas en este auditorio. Leer el “Caos de la Involución”, del señor Jorge Domínguez, es ingresar a un tiempo sin tiempo, para hacernos entender lo cuán perdidos estamos, y que la brújula la tiene cada uno, si es que desea salir de la cruel, lamentable, decadente triste y lacerante realidad del Paraguay. Porque conocer nunca fue aprender a pensar. Un mensaje de esperanza y advertencia, entre tanto ocaso. Éxitos hoy y siempre, querido amigo, y hermano en las letras. Un abrazo regocijado en la palabra.

07 – 05 – 2016

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